lunes, 26 de octubre de 2009

LA INTIMIDAD DE LA VUELTA DE CHARLY GARCÍA

“Ahora me estoy acostando a la una y me levanto a las diez de la mañana”
Para muchos, fue el evento musical del año. El último viernes, más de 40 mil fanáticos llevaron su emoción y su agradecimiento hasta el estadio de Vélez para acompañar a Charly García en su regreso a la música después de una temporada en el infierno. Jorge Lanata fue el testigo privilegiado de esta nueva etapa de la vida del músico, quien, a lo largo de una charla íntima, reveló detalles desconocidos de su internación, de su amistad con Palito Ortega, de su relación actual con las drogas y el alcohol y de un reencuentro diferente con una felicidad que no sentía desde hacía mucho tiempo. Sueños y pesadillas, familia y amigos son el nuevo escenario al que Charly se subió para cantar su historia a los 58 años, que cumplió la misma noche del show.
A solas. Con el estadio de Vélez vacío como testigo, Charly desnudó su intimidad ante Lanata. La prueba de sonido fue el primer encuentro. Compartieron el backstage, donde García habló de la nueva etapa de su vida que empezó después del tratamiento al que se sometió y en la que la música volvió a ser el verdadero centro de su existencia.
Sopla, en el aire, un viento de Navidad: en el departamento de la calle Ugarteche todos hablan ansiosos, sin parar, frente a la tele encendida, y en los recovecos del pasillo angosto se cruza gente con paquetes, mensajes, el timbre, ruidosa espera. Carlos Alberto García Moreno, Carlos Alberto García Lange o, si prefieren, Charly García lucha contra un atado de Camel tratando de sacar el último pucho del paquete. Nito Mestre, con barba de marino y piel tostada, acaba de llegar de Miami con un paquete de fajitas mexicanas al que Hilda Lizarazu atacó de inmediato: angustia oral.
Hay tortas, si quieren, y cosas dulces –ofrece Fernando Seresesky, mánager de García, que no para un segundo y con su buzo Adidas Vintage parece más bien un personal trainer con dos celulares en las manos y otro en el bolsillo.
“Los chilenos” (Kiushe Hayashida,Tonio Silva Peña y Carlos González,la banda de Charly antes del Precipicio, ahora parte del ensamble con Hilda, el Zorrito y el Negro García López) están a pleno: ya vivieron los conciertos de Lima y Santiago, pero el gran test es Buenos Aires. El televisor, sin volumen, está encendido para nadie.
García tiene una sonrisa en los ojos, escucha y hace algunas, pocas, acotaciones. Es extraño verlo tan tranquilo. Con su metro noventa y cuatro y ochenta y siete kilos, pancita que amaga a salirse de la remera, García todavía pelea un poco con la ley de gravedad. Hay algo casi imperceptible en sus movimientos que delata los meses de rehabilitación, y kinesiólogo. Pero no es ése el mayor contraste, sino la hiperkinética angustia que parece haberlo abandonado.
Somos seres extraños: lo hemos visto tantas veces desesperado que nos resulta raro verlo bien. Ahí está, sentado, terminando su Camel, feliz, expuesto otra vez a la mirada ajena y quizá más fuerte que nunca.
“Los chilenos” (Kiushe Hayashida,Tonio Silva Peña y Carlos González,la banda de Charly antes del Precipicio, ahora parte del ensamble con Hilda, el Zorrito y el Negro García López) están a pleno: ya vivieron los conciertos de Lima y Santiago, pero el gran test es Buenos Aires. El televisor, sin volumen, está encendido para nadie.

“La historia apareció en un periódico sensacionalista. Decía, simplemente, que los bomberos debieron concurrir a una casa en la cual salía humo de una de las ventanas del piso superior. Al entrar, encontraron a un hombre en una cama en llamas. Después de rescatar al hombre y apagar el fuego, formularon la pregunta obvia:
— ¿Cómo se inicio el fuego?
—No sé, ya estaba en llamas cuando me acosté.
Respecto del hombre de la cama en llamas de la historia, la mayor parte de las veces observamos que las personas hacen algo sin saber por qué lo hacen. Si nuestras propias acciones constituyen un misterio para nosotros, ¿cuánto más lo serán las de los demás? ¿Por qué estaba acostado en la cama en llamas? ¿Estaba borracho? ¿Enfermo? ¿Quería suicidarse? ¿Era ciego? ¿Tenía frío? ¿Era tonto? ¿Tenía un extraño sentido del humor? ¿O qué? No lo sé. Es muy difícil juzgarlo sin tener mucha más información, Es cierto, sin embargo, que de todos modos juzgamos. Pero si consiguiéramos refrenarnos un poco, nos agradaríamos más. Dios, según está escrito, previno a sus primeros hijos, Adán y Eva. Lo dijo bien claro:
—No coman de esa fruta, les traerá problemas.
Ya conocen el resto de la historia...”

(Extraído del libro Todo lo que hacemos sin saber por qué, de Robert Fulghum)

—Cuánto tiempo pasó? –le pregunto en el micro, camino a Vélez.
—A ver, no sé.
Nos ponemos a hacer la cuenta.
—Un año y pico –dice García.

¿Ya pasó tanto tiempo? Me resisto a creerlo: quedamos en preguntarle a Fernando al llegar.García tiene razón: el Precipicio se abrió en Mendoza, el 9 de junio de 2008. Ya pasó casi un año y medio. Mendoza, en la historia de García, es parte de un sino fatal:fue en Mendoza en el ’83 cuando se desnudó en un recital y donde protagonizó Demoliendo hoteles al hacer lo propio con el entonces Plaza, hoy Hyatt. En agosto del ’87 fue en Mendoza donde gritó que era homosexual e invitó a los presentes a que se lo cogieran. Allí tuvo un día de cárcel, sin otras consecuencias aparentes. En el ’98 se tiró del noveno piso del Hotel Aconcagua a la pileta, en 2000 agredió a una mujer y salió libre bajo fianza de los cargos de abuso deshonesto y lesiones leves, y en 2007 fue denunciado ante la fiscalía de Mendoza por deberle 10 mil pesos a cinco putas que dejó encerradas en su cuarto. La última vez fue en Mendoza, hace casi un año y medio: a las seis y media de la mañana corrió desnudo por los pasillos, rompió una guitarra y un televisor, y le arrojó un matafuego a uno de los empleados. Entró atado y ensangrentado al Hospital Central y horas después lo sacaron por la salida de la morgue a la Clínica de Cuyo.
— ¿Vos esperás que este cante? –le dijeron a Seresesky en la primera clínica–. Olvidate. Tiene daño cerebral irreparable. No se repone más. Cuentan que todo el grupo, técnicos y plomos incluidos, lloró en el recital de Lima.
El micro avanza a los empujones por Juan B. Justo hacia la prueba de sonido. Mi grabador también quiere sus quince minutos de fama: García y yo charlamos en la oscuridad, rodeados de las luces de la calle que cada tanto nos enceguecen:

—Recién empezaste a imaginarte la vuelta cuando estabas en la quinta de Palito…
—Era la zanahoria para ponerme bien. Iba a ponerme bien la música. Entonces compuse algunos temas, los grabé ahí, me entretuve…Y después arranqué con todo, llamé a los chilenos, ya había estado trabajando con Hilda, el Zorri y el Negro y sabía que la unión iba a ser constructiva.

— ¿Vos tuviste ganas de dejar o la realidad hizo que dejaras?
— ¿Que dejara qué?

—La merca.
—Fue como chocar con un camión contra una pared. Tuve que dejar a la fuerza. Me convertí, a la vez, en otra persona. O si querés, se me cayeron todos los cascarones que tenía encima. Y estoy disfrutando ahora de esto, de una vida más… más prolija.

— ¿Creés que la gente toma porque le duele el mundo y de ese modo se defiende?
—En mi caso, por lo menos al principio, yo tomaba porque me ponía “high” para hacer temas. Pero yo veía también que muchos de mis amigos tomaban y se deprimían después. A mí no me pasó eso, pero cada vez me hice más omnipotente y perdí la escala, la escala de las cosas. Y tuve que parar.

—Siempre me llamó la atención de esa época que vos no dormías.
—Sí, pero eso no era lo peor. Lo peor era que mi vida estaba centrada en eso. Y cuando tu vida está centrada en algo externo es medio jodido, es mejor tenerlo uno adentro. “Cuando el mundo tira para abajo/es mejor no estar atado a nada.”

— ¿Pensaste alguna vez en que no ibas a poder dejar?
—No, al revés. Yo pensé que podía tomar para siempre.

—Te pasó ahora, en la abstinencia, soñar que estás tomando?
— (Se ríe. Piensa) Una vez soñé que me despertaba con un saque. También soñé con whisky, una botella ahí, como compañía.

— ¿Podés tomar alcohol?
—No. Poder, poder, mucho no, no puedo. Puedo mojarme los labios, nada más.

— ¿Y te da ganas de tomar alcohol?
—Sí, y en ciertas ocasiones tomo. A medida que me vayan bajando la medicación voy a volver a una vida más normal, porque tampoco soy un adicto al alcohol.

— ¿Hiciste algún tipo de análisis o tratamiento sicológico en este tiempo?
— Mirá, perdí mucho tiempo porque en las clínicas no te hacen nada. Te dan pastillas con efectos espantosos. En la época que fui a lo de Palito empecé a ir a INECO.

—Instituto de Neurología Cognitiva…
—Sí. No es nada antidrogas, hacen estudios del cerebro, y funciona. Me gustó eso y sigo yendo, tengo fisiología, fonoaudiólogo, fisioterapia.

— ¿Pensás que te perdiste algo en todo este tiempo?
—No sé, estoy demasiado contento con lo que me está pasando ahora. Pensá cómo estaba cuando fui a lo de Palito: apenas podía caminar, muchos no daban dos mangos por mí. Le puse huevos.

— ¿Cuando estabas mal estuvieron al lado tuyo quienes necesitabas?
—Es raro pero… sí. Quiza no la gente con la que tomaba, pero mi hijo, Pedro Aznar, Rabusatti. Los que más me ayudaron fueron Palito Ortega y Fernando Seresesky.

— ¿Con Palito quedaste amigo?
—Sí, cenamos de vez en cuando, vemos juntos a River. Y tomo con mucha atención sus consejos, sobre todo comerciales, que me da desinteresadamente. Tantas noches de hablar, y todo lo que nos pasó. Ya quedamos como hermanos.

— ¿A qué hora te estás levantando?
—Promedio, a la diez de la mañana.

— ¿Y te acostás tarde?
—No, no… ahora me estoy acostando a la una, dos. Tengo problemas para dormir, después de la clínica me volví insomne. En la primera, en Dharma, me ataron a la cama más de tres días.

— ¿Y después qué hacés?
—Como en casa, voy a los ensayos, tranquilo…

—Como un señor de 58 años.
—No me lo imagino mucho.

— ¿La relación con tu madre y tus hermanos?
—Sigue cortada pero puede ser que haya novedades.

— ¿Los viste?
—No, pero van a venir al recital.

Me alegro por él, y por ellos. Durante unos minutos seguimos en silencio hasta que el propio García dice, de la nada:
—Por ahora estoy en el tubo este de la música, haciéndolo con toda dedicación. Yo creo que con el tiempo voy a abrir un poco más mi vida social porque yo también me recluí un poco… Te agarra mucha angustia cuando te medican mal. Realmente, que esté tocando y saltando de nuevo...

—Es increíble
—Y lo hago con mucha felicidad.

— ¿En qué momentos de tu vida fuiste feliz?
—Cuando canté con Mercedes Sosa en el Metropolitan de Nueva York, cuando fundé Say No More con Mónica García y éste podría ser el tercero.

El micro muerde el cordón, hace equilibrio y entra al estadio.
Hay algo mucho más acojonante que un estadio lleno: un estadio vacío; la presencia de cuarenta mil personas o sus fantasmas son igualmente fuertes.
En menos de veinticuatro horas las hileras de butacas se irán tapando como en una inundación.
Y lo de la inundación es jodidamente literal: celoso de García, envidioso ante tanto protagonismo ajeno, Dios lo castigó con una tormenta que bajó diez grados la temperatura y dejó a Noé encallado en la esquina de Juan B. Justo y Jonte.
Parejitas de enamorados, hippies viejos, chicos que casi no lo conocen, chicas de ligue, jubilados autónomos, ejecutivos de corazón blando, nenitos con su brazalete de Say No More, familias enteras y familias divididas, cuarentones melancólicos y matrimonios de cincuenta y pico, rockers y fieritas, glams y bloggers, todos hicieron silencio absoluto. Y el viento sopló y el agua cayó como si estuvieran baldeando el mundo.
Y García, en la noche de su cumpleaños número 58, con un raro pero moderno peinado nuevo, los saludó desde sus dos metros y como siempre, sin avisar, salió volando. Y voló sobre el estadio, y acarició en vuelo rasante las cabezas de la gente, y fue feliz, por tercera vez en su vida.

Por: Jorge Lanata
Fuente: Diario Perfil

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