miércoles, 1 de abril de 2009

La vuelta de Charly García por Sergio Marchi


Llegó a horario. No rompió nada. Cantó todos los temas con todas las letras. Y se lo vio sonreír. ¿Hacía cuánto que no pasaban estas cosas en un recital de Charly García? Años, seguro; lustros, tal vez. Sucedió de improviso: la noticia se conoció a la mañana, y un montón de personas decidió faltar a la oficina, al colegio, a sus obligaciones. En eso fue como antes: copó una plaza –la central de Luján, frente a la histórica Basílica–, y con un equipo mínimo y una organización un tanto caótica, Charly García volvió a pisar oficialmente un escenario tras ocho meses de tratamiento psiquiátrico. Se dudaba de que pudiera volver a hacerlo; aquella fatídica mañana en Mendoza parecía haberse roto el espejo de su vida y los fragmentos hicieron añicos el poco prestigio que le quedaba. Ayer, Charly García protagonizó una más de sus tantísimas resurrecciones, en una suerte de “anochecer de un día agitado” versión argentina y a 220 voltios. Una furgoneta blanca lo trajo de una clínica cercana y lo depositó en la plaza a las 18.03. La banda ya lo esperaba con los parlantes calientes y “Demoliendo hoteles” en la pista de largada. Subió, levantó los brazos y apenas oteó la multitud. Se dirigió al teclado e inmediatamente pronunció los versos tan ansiados: “Yo que nací con Videla” en un registro de voz claro, lejos del graznido que caracterizó sus últimos años. La plaza estalló. Charly estaba tenso, se le notaba además la falta de práctica, pero no importaba porque estaba protagonizando un regreso histórico. Había clima de fiesta genuina; no la fiesta de los trapos y el aguante futbolero, sino una auténtica alegría por ver de regreso a un ídolo popular por el cual se temió lo peor. En el segundo tema, “Promesas sobre el bidet”, Charly pudo relajarse un poco, y ahí le afloró la sonrisa, lejos del rictus adusto que lo aquejara en los no tan viejos tiempos y que él disfrazaba de hidrofobia transgresora. Una sonrisa de niño; ni siquiera el sabor pícaro de “lo hice de nuevo”. No, fue una señal de humanidad. Tanto como que después de décadas volviera a interpretar “No me dejan salir”, uno de sus temas más conocidos, del que había abjurado alguna vez y que, en las circunstancias judiciales que hoy vive, hasta parece una ironía.Luján fue, para los fanáticos de Charly García, la plaza del triunfo; esa satisfacción de poder volver a ver al querido artista en su hábitat natural: haciendo música.
Hubo tanta leña de ese árbol que parecía haber caído de una vez por todas que finalmente hasta sus más leales seguidores pensaron que había llegado la hora del fuego. No todavía: García dio un paso pequeño para un músico de su estatura, pero un gran tranco para un hombre que arma lentamente los pedazos de ese espejo en el que los argentinos gustábamos vernos –aunque no nos gustara la imagen– porque él sabía reflejarnos. Charly todavía está frágil, pero tiene signos de guapeza que alientan a seguir esperando todo lo que haga falta para que llegue a su mejor forma; se los puede detectar cuando finalmente decide salir de los teclados para señalar a su guitarrista en un solo, o cuando se anima a recorrer las tablas para cantar ese tangazo llamado “Influencia”.La gente no es muchísima: unas 5 mil personas. Pero su fervor hace tambalear la humilde torre de luces que refuerza la luz solar que todavía permanece. Los hombres grandotes que custodian al ídolo se desconciertan y empujan a los que están cerca; se siente un intenso aroma a caos, pero García no deja que eso lo distraiga, recobra el aire y se manda rumbo a la recta final con el Himno Nacional Argentino, que él comienza con otra de sus finas ironías: “Huid mortales”. Y apenas termina lo eyectan del escenario hacia la combi blanca que lo volverá a llevar a la quinta de Palito Ortega, uno de los artífices de este módico milagro, junto con otras personas y, también, la Justicia que intervino para salvar a un hombre de la autodestrucción cuando las llamas casi se lo devoran.
Detrás del escenario, unos señores mayores luchaban contra el viento, intentando mantener en pie un cartel que decía: “La paz es posible, si usted quiere. Charly”. Una versión sui géneris de “La guerra se termina, si vos querés” de John Lennon. Llamó la atención ver a mucha gente que históricamente había trabajado con Charly García asistir a este show de regreso. Viejos plomos, antiguos managers, su otrora jefe de prensa que no había podido ver a Charly hasta hoy, y hasta el que fuera el policía que custodiaba la esquina de Coronel Díaz y Santa Fe en los años 90. Todos coincidieron en expresar la alegría de tener a García de nuevo sobre un escenario.Hoy, Charly García es como un deportista que viene de una importante lesión que estuvo por dejarlo inválido. Necesita más tiempo de recuperación y entrenamiento que le permita volver a la actividad. Lo de ayer fue el gustito de salir a la cancha un rato para alegría propia, de Palito que alguna vez soñó con ver a Charly tocando frente a la Basílica de Luján, y de un puñado de fans en representación de los miles que pacientemente aguardarán el silbato que indique que un nuevo tiempo ha comenzado en la vida de Charly García.

OPINIÓN

“Salió al ruedo como torero”David Lebón
Me encantó lo que vi por la televisión. Me encantó que los amigos hayan ido y la gente haya aplaudido. Charly la está peleando y me puso muy feliz que saliera al ruedo como un torero. No importa si sonó bien o mal, creo que había mucho ruido por el viento. La música la tiene adentro y nunca le va a faltar. Lo digo como amigo. A Charly lo amo y está en mi corazón siempre.

“Un gran momento para todos”Julieta Ortega (Actriz)
No hubo lo que se dice un VIP: apenas un vallado copado por los medios de prensa. Con lentes oscuros y muchísima discreción, andaban por allí las hermanitas Ortega: Julieta y Rosario, que no le quitaban la vista de encima a su papá Palito, ubicado a pocos centímetros de Charly. “Esto es muy emocionante: yo estoy muy cercana y quizás no sea muy objetiva, pero es un gran momento para todos”.

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